La Caída y la Redención del Alma según la Gnosis
Un aspecto verdaderamente trascendental relacionado con el problema de la salvación del alma, es precisamente abordado, desde hace siglos, por la Gnosis y las distintas expresiones que ésta ha tenido a través de los milenios. El Dr. Serge Hutin, de la Universidad de la Sorbona, de París, nos relata en una de sus obras (un opúsculo denominado Los Gnósticos) lo siguiente:
Para la Gnosis, el alma, la parte superior del hombre, es siempre un fragmento luminoso sustraído de la divinidad y aprisionado en la Tierra: Hubo en los orígenes un descenso, una caída de la Luz. Esta caída es imaginada a veces de una manera sexual: la simiente divina se pierde, se infiltra en la matriz, que es el caos, la materia, pero el Salvador la recupera atrayendo hacia él las almas elegidas.
En el maniqueísmo, en cambio, hallamos una caída involuntaria: el hombre primordial descendió a las tinieblas para combatirlas pero éstas lo aprisionaron, y sólo pudo liberarse abandonando su corazón de Luz. Son los fragmentos de Luz que, mezclados con la materia tenebrosa, formaron el mundo. Se tratará de desprender de su carga a la sustancia luminosa: en la Creación, las partes superiores esperan el momento en que serán liberadas. Se vuelve a encontrar aquí la idea fundamental de toda Gnosis: un elemento divino se ha extraviado en las regiones inferiores; se tratará de recuperar este elemento divino hundido en la materia.
El problema del gnóstico es saber de qué modo su alma, que es una chispa divina, podrá retornar a las regiones superiores desde donde ha caído.
Un texto gnóstico antiguo nos dice:
Desde que fui unido a la carne -dice un salmo maniqueo que canta las desdichas del alma- olvidé mi divinidad. He bebido de la copa de la locura, y me he rebelado contra mí mismo. (Esto es citado por Pétrement en su obra "Le Dualisme chez Platón").
Serge Hutin apuntala:
Y lo que aumenta la angustia del gnóstico es que el alma, que pasa perpetuamente de prisión en prisión, está sometida a incesantes reencarnaciones.
La angustia del gnóstico ante el aprisionamiento de su alma en la materia, da origen a mitos especiales: las aventuras metafísicas reflejan el destino, las situaciones sucesivas del “yo humano”. El ánima, o el «animus», para emplear el lenguaje de Jung, se proyecta en arquetipos mitológicos que pueden tomar formas masculinas o femeninas.
Los mitos gnósticos en que aparece una entidad femenina pueden considerarse formas diversas de un mismo arquetipo: el de la Gran Madre. Entre éstos destaca el mito gnóstico de Sophia de los Valentinianos y el de los herederos de los textos coptos.
Las numerosas variaciones del mito que existen en la literatura gnóstica hacen olvidar que la historia de Sophia refleja, en el plano teogónico y cosmológico, la pasión y salvación de las almas humanas, o sea, el problema esencial de todo Gnosticismo y la fuente de sus mitos principales. Encontramos siempre la misma catástrofe cósmica: un elemento divino (luz, aliento), la caída en las tinieblas, en la materia, en la matriz impura, y se trata de salvar esta chispa llegada de lo alto.
Nuestro amable lector ha de saber que, para la Gnosis de todos los tiempos, realmente, la creación de los mundos obedece a Leyes Divinas, y mediante estas creaciones, lo que los gnósticos han llamado siempre AGNOSTHOS THEOS (Dios desprovisto de forma, el verdadero Demiurgo, el oculto Padre Eterno Cósmico Común) pretende enviar parte de su propia Luz (chispas divinales o almas) con el propósito de encarnarse en dichos mundos y obtener la Sabiduría mediante el contacto con la materia. Empero escrito está en el libro de la vida que, siempre que la chispa divina desciende a la materia, sufre una caída angélica, y esto está mostrado en todos los libros religiosos de todas las antiguas civilizaciones o culturas que nos han precedido en la historia.
Incuestionablemente que dicha caída angélica, en términos occidentales, está muy bien descrita en una obra bastante comentada como lo es El Paraíso perdido de John Milton. Pero, asimismo, muchas otras religiones del Medio Oriente y del Asia, así como también textos de las culturas mesoamericanas pre-colombinas, hablan de un Adán divino que luego cayo en desgracia y quedó aprisionado en la materia, desprovisto de sus facultades divinas. La Gnosis contemporánea desarrollada por el Dr. Samael Aun Weor dedica capítulos enteros a la explicación de la creación de los mundos (Cosmogénesis gnóstica) y de las razas humanas que los pueblan (Antropogénesis gnóstica). En dichos capítulos se describe la realidad del mito de Adán y Eva y la correspondencia histórica del mismo, situándolo en un continente otrora llamado Lemuria, el cual habría existido allí donde hoy se mueven las aguas procelosas del océano Pacífico.
A partir de este acontecimiento, la Gnosis afirma que el hombre quedó prisionero de muchas entidades tenebrosas que le arrebataron poco a poco su luz verdadera, y ésta es la desgracia de Pistis Sophia, la cual no es una desgracia simbólica sino real. Esta desgracia se ha ido perpetuando en la raza humana a través del ciclo de las reencarnaciones o retornos del alma a nuevas matrices, aumentándose con este proceso el llamado Yo animal dentro de la humana criatura, y disminuyendo, cada vez más, el porcentaje de Conciencia que le permite a dicha criatura poseer libre albedrío.
Prosigue el Sr. Serge Hutin, diciéndonos:
Hay que precisar que, en la Gnosis, el alma o el espíritu son concebidos de un modo extremadamente concreto y tangible; el alma superior es luz en el sentido estricto del término. Para el gnóstico, la noción de espíritu in extenso, tal como lo concibe la filosofía cartesiana o aristotélica, carece de sentido: el espíritu es una luz, un fuego, un aliento aprisionado (en el sentido literal del término) en el cuerpo. Algunas formas de la Gnosis no dudan en asimilar la simiente humana al pneuma divino generador: el hombre posee el pneuma en su propia simiente.
En este sentido, amigo lector, el Dr. Samael Aun Weor, padre del Gnosticismo del siglo XX, afirmó:
Este Gnosticismo implica una serie coherente, clara, precisa, de elementos fundamentales, verificables mediante la experiencia mística directa:
- La maldición desde un punto de vista científico y filosófico.
- El Adán y Eva del Génesis hebraico.
- El pecado original y la salida del Paraíso.
- El misterio de Lucifer.
- La muerte del Mí Mismo.
- Los poderes creadores.
- La esencia del Salvador Salvandus.
- Los misterios sexuales.
- El Cristo íntimo.
- La Serpiente Ígnea de nuestros mágicos poderes.
- El descenso a los Infiernos.
- El regreso al Edén.
- El Don de Mefistófeles.
Sólo las doctrinas gnósticas que impliquen los fundamentos ontológicos, teológicos y antropológicos renglones arriba citados, forman parte del Gnosticismo auténtico.
Incuestionablemente, el conocimiento gnóstico escapa siempre a los normales análisis del racionalismo subjetivo. El correlato de este conocimiento es la intimidad infinita de la persona, el Ser.
La gnóstica experiencia permite al sincero devoto saberse y Autorrealizarse íntegramente. Entiéndase por Autorrealización el armonioso desarrollo de todas las infinitas posibilidades humanas. No se trata de datos intelectuales caprichosamente repartidos, ni de mera palabrería insubstancial de charla ambigua. Todo lo que en estos párrafos estamos diciendo tradúzcase como experiencia auténtica, vívida, real.
Los caracteres que especifican claramente al mito gnóstico y que mutuamente se complementan entre sí, son los siguientes:
- Divinidad Suprema.
- Emanación y Caída Pleromática.
- Demiurgo arquitecto.
- Pneuma en el mundo.
- Dualismo.
- Salvador.
- Retorno.
La divinidad suprema gnóstica es caracterizable como AGNOSTHOS THEOS, el Espacio Abstracto Absoluto, el Dios ignorado o desconocido, la realidad UNA de la cual emanan los Elohims en la Aurora de cualquier Creación universal.
El mito gnóstico de Valentín, que en forma específica nos muestra a los Treinta Aeones Pleromáticos surgiendo misteriosos de entre el Espacio Abstracto Absoluto, por emanaciones sucesivas y ordenadas en parejas perfectas, puede y debe servir como arquetipo modelo de un mito monista que en forma más o menos manifiesta se encuentra presente en todo sistema gnóstico definido.
Este punto trascendental de la proto-prole se orienta clásicamente hacia una división ternaria de lo divinal: el Agnosthos Theos (el Absoluto), el Demiurgo, el Padre, etc.; el mundo divinal, el ámbito glorioso del Pleroma, que surgió directamente de la luz negativa, de la existencia negativa; finalmente el Nous, Espíritu o Pneuma contiene en sí mismo infinitas posibilidades susceptibles de desarrollo durante la manifestación.
Entre los límites extraordinarios del Ser y del No-Ser de la filosofía, se ha producido la multiplicidad o caída. El mito gnóstico de la CAÍDA DE SOPHIA (la divina Sabiduría) alegoriza solemnemente este terrible trastorno en el seno del Pleroma.
El deseo, la fornicación, el querer resaltar como ego, origina el descalabro, y el desorden produce una obra adulterada que, incuestionablemente, queda fuera del ámbito divinal, aunque en ella quede atrapada la Esencia, el BUDDHATA, el material psíquico de la humana criatura. El impulso hacia la unidad de la vida libre en su movimiento puede desviarse hacia el Yo, y en la separación fraguar todo un mundo de amarguras.
La caída del hombre degenerado es el fundamento de la teología de todas las naciones antiguas. Según Filolao, el pitagórico (siglo V antes de J.C.), los filósofos antiguos decían que el material psíquico, la Esencia, estaba enterrada entre el Yo como una tumba, como castigo por algún pecado. Platón testimonia así que tal era la doctrina de los órficos, y él mismo la profesaba. El deseo desmedido, el trastocamiento del régimen de la emanación, conduce al fracaso. El querer distinguirse como ego origina siempre el desorden y la caída de cualquier rebelión angélica.
La desviación del Demiurgo creador, la antítesis fatal, es la inclinación hacia el egoísmo, el origen real de tantas amarguras. La Esencia, la Conciencia, embotellada entre el Ego, se procesa dolorosamente en el tiempo en virtud de su propio condicionamiento. La situación, por cierto no muy agradable (repetida incesantemente en los relatos gnósticos) del pneuma sometido cruelmente a las Potencias de la Ley, al mundo y al Abismo, resulta demasiado manifiesta como para insistir aquí sobre ello.
En otra de sus obras, titulada El Matrimonio Perfecto, el Dr. Samael Aun Weor hace una síntesis conceptual de la caída angélica. Esta síntesis, por extraña que parezca a nuestro lector, tiene una realidad cruda y trasciende mucho de lo que hayamos leído o escuchado en cualquier tratado teológico. Veamos:
En las profundidades ignotas de nuestro Ser divino, tenemos una Estrella Interior completamente atómica. Esta estrella es un átomo superdivino. Los kabalistas lo denominan con el nombre de AIN SOPH. Éste es el Ser de nuestro Ser, la Gran Realidad dentro de nosotros. Antes de ingresar este superátomo a la evolución mecánica de la Gran Naturaleza, no tiene conciencia de su propia felicidad. La felicidad sin conciencia de su propia felicidad no es felicidad. La Estrella Interior que guía a nuestro Ser, respondiendo a los impulsos cósmicos de los Dioses Santos, envió un rayo de sí misma a la evolución mecánica de la Gran Naturaleza para adquirir Autoconciencia. El rayo descendió con la involución de la Gran Vida. El rayo se convirtió en Elemental y evolucionó en los reinos mineral, vegetal y animal. Cuando ingresamos por vez primera a la matriz humana hicimos Autoconciencia. El objetivo, el proyecto divino, se había consumado. Desde ese instante supremo deberíamos haber regresado a la Estrella Interior que siempre nos ha sonreído. Desgraciadamente, entre la selva espesa, entre los instintos tremendos de la Naturaleza, nació el humano deseo, que atrapó la mente. Así nació el Yo (Satán). Ésa fue nuestra gran equivocación. Desde entonces estamos reencarnándonos. Satán se reencarna para satisfacer deseos. Satán se fortifica con las reencarnaciones. Necesitamos regresar al punto de partida y reconocer nuestra gran equivocación. Necesitamos disolver a Satán.
Y acota el Dr. Samael Aun Weor:
Es evidente la debilidad e impotencia desconcertante del pobre mamífero racional equivocadamente llamado hombre, como para levantarse del lodo de la tierra sin el auxilio de lo divinal. Existe por ahí un proverbio vulgar que reza así: “A Dios rogando y con el mazo dando”.
Sólo el rayo ígneo imperecedero, encerrado en el fondo de la sustancia oscura, informe y frígida, puede reducir al Yo psicológico a polvareda cósmica para liberar la Conciencia, la Esencia. Con palabras ardientes declaramos: únicamente el hálito divino puede reincorporarnos en la Verdad; sin embargo, esto sólo es posible a base de trabajos conscientes y padecimientos voluntarios.
He aquí, paciente lector, que en esta Gnosis que presenta el Dr. Samael Aun Weor, el problema del gnóstico ya no es cómo regresar el Edén perdido, a la luz original, a la protoprole de los antiguos, sino emplearse a fondo en la práctica de un estudio de sí mismo, teniendo como objetivo la eliminación del EGOÍSMO, del Yo, de la pluralidad egoica que nos envuelve y que nos ha arrebatado la luz divina.
Continúa el Dr. Samael Aun Weor indicándonos:
Dos estados psicológicos se abren ante el gnóstico definido:
- El del Ser, transparente, cristalino, impersonal, real y verdadero.
- El del Yo, conjunto de agregados psíquicos personificando defectos, cuya sola razón de existir es la ignorancia.
El gnóstico auténtico quiere un cambio definitivo, siente íntimamente los secretos impulsos del Ser, de aquí su angustia, rechazo y embarazo ante los diversos elementos inhumanos que constituyen el Yo. Quien anhela perderse en el Ser, carga la condena y el espanto ante los horrores del Mí Mismo.
La posesión específica de la Gnosis va siempre acompañada de cierta actitud de extranjería o extrañeza ante este mundo mayávico, ilusorio.
Yo superior y Yo inferior son tan solo dos secciones de una misma cosa, aspectos distintos del Mí Mismo, variadas facetas de lo infernal. Es, pues, el siniestro, izquierdo y tenebroso Yo (superior, medio o inferior) suma, resta y multiplicación continua de Agregados Psíquicos inhumanos. El denominado Yo superior es, ciertamente, una triquiñuela del Mí Mismo, un ardid intelectual del Ego, que busca escapatorias para continuar existiendo; una forma muy sutil de autoengaño.
El Yo superior es una obra horripilante de muchos tomos, el resultado de innumerables ayeres, un nudo fatal que hay que desatar. La autoalabanza egoica, el culto al Yo, la sobreestimación del Mí Mismo, es paranoia, idolatría de la peor especie.
Quien no ha encarnado su alma no tiene existencia real. Es una legión de Yoes que luchan por manifestarse a través del cuerpo del hombre. A veces actúa el Yo bebo, otras el Yo fumo, el Yo mato, el Yo robo, el Yo enamoro, etc. Entre esos Yoes existe conflicto. El Yo que jura ser fiel a la Gnosis es desplazado por otro que odia la Gnosis. El Yo que jura adorar a la mujer es reemplazado por otro Yo que la aborrece. El Yo es legión de demonios. El hombre que no ha encarnado su alma no tiene todavía responsabilidad moral. ¿Podríamos acaso confiar en demonios?
Ostensiblemente, tanto en esencia como en accidente, GNOSIS y GRACIA son identificables fenomenológicamente. Sin la gracia divina, sin el auxilio extraordinario del Hálito sagrado, la Autognosis, la Autorrealización íntima del SER, resultaría algo más que imposible. Autosalvarse es lo indicado, y esto exige plena identificación del que salva y de lo que es salvado.
Lo divino que habita en el fondo del alma, la auténtica y legítima facultad cognoscente, aniquila al Ego y absorbe en su parousia a la Esencia, y en total Iluminación la salva. Éste es el tema del Salvador Salvandus.
El gnóstico que ha sido salvado de las aguas ha cerrado el ciclo de las amarguras infinitas, ha franqueado el límite que separa el ámbito inefable del Pleroma de las regiones inferiores del Universo, se ha escapado valientemente del imperio del Demiurgo porque ha reducido el Ego a polvareda cósmica.
El paso a través de los diversos mundos, la aniquilación sucesiva de los elementos inhumanos, afirma esta reincorporación en el Sagrado Sol Absoluto, y entonces, convertidos en criaturas terriblemente divinas, pasamos más allá del bien y del mal.
Ésta es, amigo lector, la tarea que se propone realizar nuestra institución, AGEAC (Asociación Gnóstica de Estudios Antropológicos, Culturales y Científicos) mediante sus cámaras de estudio y la publicación de su material didáctico. No nos interesan las muchedumbres, no nos interesan las lisonjas, tampoco nos interesa el proselitismo; simplemente nos anima el ardiente anhelo de transmitir a esta generación y a las generaciones venideras el conocimiento de la autosalvación como tesoro que siempre ha conservado la Gnosis de todos los tiempos.
