Respondiendo Inquietudes 4/5
(extraído del libro Ontología Gnóstica)
P.: ¿Podría explicarme un poco más por qué es tan importante no robar o hurtar?
R.: Claro que sí. Usted debe saber que, cuando venimos a nuestra existencia, traemos tales o cuales valores acumulados de nuestras existencias anteriores. Pues bien, esos valores los administra la Gran Ley en acuerdo con nuestro Real Ser Interior particular. De esta manera, la Ley y el Padre saben cuál ha de ser nuestra posición social en este mundo, es decir, el Ser sabe hasta qué punto merecemos tales o cuales bienes, y en su momento y en su hora él nos ira dando todo aquello que necesitamos y merecemos. Pero, cuando nosotros no pensamos en el Ser, en la Gran Ley, y tan solo queremos hacer nuestros caprichos, pues entonces probablemente motivados por la envidia, la codicia, etc., llegamos a ser capaces de violar la voluntad del Padre y de la Gran Ley, y es entonces cuando somos capaces de robar, hurtar, etc., etc., etc. Incuestionablemente que el Padre no tolerará esa conducta nuestra, y mirará de castigarnos por querer ir contra lo establecido por la Ley para con nuestra persona.
P.: ¿Podría usted explicarme un caso de hurto o de robo de índole religiosa?
R.: Pues los hay muchísimos. Sin ir muy lejos usted debe recordar que, cuando América fue descubierta por los europeos, hubo grandes saqueos en los templos religiosos de las culturas autóctonas. Los colonos europeos robaron el oro de los templos aztecas, mayas, incas, chibchas, etc. Recuerde usted también al terrible conquistador Francisco Pizarro, que atravesó el corazón de Perú con su espada y obligó a los incas a entregarle todo el oro de sus templos y a llenarle una habitación de oro. Todo ese oro luego fue destinado a llenar las arcas de los Reyes Católicos de España y para engalanar las iglesias católicas de Europa. Eso es un robo de índole religiosa. Todavía hoy, en nuestros días, existen gentes que roban en las iglesias iconos artísticos de carácter religioso, estatuas de mártires, santos, profetas, etc., etc. Todo ello constituye un delito de robo religioso.
P.: Dígame ahora, si es posible, algo sobre el octavo mandamiento: “NO PRONUNCIARÁS FALSOS TESTIMONIOS NI MENTIRAS…”
R.: Con gran placer respondo a su inquietud. Primeramente recuerde usted que el SER es la Verdad en nosotros. El SER es la porción de Dios que habita en nuestras profundidades, y siendo él la Verdad, pues es la antítesis de la mentira, de la falsedad, es decir, del Yo. El Yo es lo falso, lo absurdo, lo antidivino, y es obvio que el Yo falsea todo lo que a nosotros concierne. Cada vez que nosotros faltamos a la verdad, el Yo se fortifica, se hace fuerte en nosotros, se multiplica, y por ello es obvio que nos alejamos del Padre que está en secreto. Cuando nosotros mentimos, automáticamente existen fuerzas que nos alejan del Padre que es la auténtica felicidad. Así que resulta un contrasentido querer alcanzar la felicidad si, por otro lado, rendimos culto a la falsedad, al Yo, a la mentira. Cuando una persona miente se está divorciando del SER, y siendo el ser la belleza y la paz, pues entonces esta persona mentirosa atraerá sobre ella misma tristezas, penas, dolores, y fealdad física y anímica. Muchos rostros deformes tienen su causa kármica en haber utilizado vidas enteras abusando de las mentiras. A medida que nos alejamos del Padre caemos en el desorden de toda índole, y ello implica el desorden atómico, y por ello no es de extrañar que vengamos más tarde a la existencia con un rostro lleno de fealdad. Pero la cosa es más grave si tomamos en cuenta que con las mentiras podemos destrozar muchas vidas, acarreando sobre nosotros peligrosísimos karmas de toda índole. Igual cosa nos sucede cuando levantamos falsos testimonios acerca de alguien o de algo. Indubitablemente que, cuando levantamos falsos testimonios sobre alguien, desvirtuamos la realidad que concierne a esa persona y podemos causarle gravísimos daños para toda su vida a nivel moral, sentimental, económico, social, religioso, etc., etc., etc. Igualmente, cuando adulteramos la verdad sobre algo, pues podemos alterar el curso que debería seguir un acontecimiento según la Ley, y esto puede traer consecuencias irreversibles y duras para mucha gente. Todo ello hemos de pagarlo kármicamente y de manera muy dolorosa.
P.: ¿Podría explicarme todo esto con un ejemplo?
R.: Pues es muy fácil. Imagínese usted que una dama, según la Ley Divina, está predestinada para contraer matrimonio con un personaje cualquiera. Pero alguien, egoístamente, quiere a esa dama para sí y llega a ser capaz de decirle al novio de esa dama que ella es una fulana, que ama a muchos hombres, que es infiel, que es esto o aquello, etc., etc.; todo ello con el propósito de que el novio de la dama la abandone para, entonces, ese “alguien” buscarla y proponerle una nueva relación. Finalmente la consigue, pues la dama es abandonada por su primer novio. A partir de allí, ese personaje que ha desposado a esa mujer de la que hablamos, ha contraído un terrible Karma, pues prácticamente le ha robado al novio original su prometida, y esto deberá pagarse con profundo dolor sea en esta existencia o en una próxima existencia. Así es la Ley. Otro caso muy evidente de falsos testimonios y mentiras lo tenemos en los políticos de nuestros días. Ellos prometen el cielo y las estrellas a las poblaciones de nuestro mundo, y cuando llegan a la presidencia de sus países, se olvidan totalmente de lo prometido y administran sus países como si les pertenecieran, como si se tratara de negocios personales que ellos administran caprichosamente. De este modo roban, especulan, se hacen corruptos, criminales, etc., etc., etc.; y todo ello atenta contra el octavo mandamiento.
P.: Me deja usted apabullado con esas respuestas….
R.: Pues a mi me alegra que usted vaya entendiendo todo esto. Por eso decimos que la Gnosis es una manera de vivir la vida inteligentemente.
P.: Hábleme ahora del noveno mandamiento, por favor….
R.: Amigo mío, el noveno mandamiento nos advierte de “NO ADULTERAR”, y esto tiene muchas implicaciones interesantísimas. Lo primero que hemos de saber es que este mandamiento es, ante, todo de índole sexual, aunque también tiene relación con otros actos de nuestra vida. El adulterio sexual está descrito muy gravemente en las Sagradas Escrituras, tanto en el Deuteronomio como en el Levítico. Es, en verdad, contrario a la Ley mezclar nuestras energías sexuales con otro cónyuge que no es el nuestro. Sobre todo cuando la pareja conoce el Arcano A.Z.F., que constituye el Secreto Secretorum de los Alquimistas medievales. Es importante que usted sepa que, cuando un hombre y una mujer unidos en matrimonio adulteran, pues entonces la pareja comienza a recibir energías contrarias al amor, a la paz, a la armonía… Desgraciadamente las gentes de hoy en día se ríen de estas cosas, pero los hechos son los hechos y ante los hechos tenemos que rendirnos. Observe usted que, allí donde hay adulterio, hay desgracias morales o físicas, y es que al mezclarse sexualmente uno de los cónyuges con otra persona que no es su pareja, ese cónyuge toma el Karma de esa otra persona y, además, toma el Karma de todas las personas que hayan tenido relaciones sexuales con esa persona con la que ha adulterado. Ahora comprende usted mejor por qué el mundo en el que vivimos está cada día más y más lleno de dolor. Todo se debe a que la humanidad está terriblemente mezclada en sus Karmas sexuales, y los hogares por ello no tienen derecho a la felicidad. Hay que decir también que las fuerzas sexuales están íntimamente asociadas al Espíritu Santo, y cuando nosotros adulteramos, pues prácticamente atentamos contra el Espíritu Santo que es quien gobierna la reproducción y el amor.
P.: ¿Me está usted diciendo que el Espíritu Santo tiene que ver con el sexo, la reproducción y el amor?
R.: Pues aunque le cueste creerlo es así. Por eso él es el gran fecundador de las vírgenes en todas las religiones. Recuerde que él fue quien fecundó a María según la tradición cristiana, y en la India es Shiva (equivalente al Espíritu Santo en el cristianismo) quien, con sus rayos de luz o sus fuegos, fecunda a las vírgenes dentro de la doctrina hindú. Todas las trimurtis de todas las religiones tienen a una divinidad o fuerza sagrada relacionada con la reproducción, con el amor y, obviamente, con la alegría.
P.: Pero nuevamente le digo: a mí jamás se me habló de esto en mi religión…
R.: Nuevamente le repito que muchos textos sagrados antiguos que hablaban de estas cosas fueron mutilados o escondidos, pues muchas religiones prefirieron pactar con el mundo y renunciar a sus principios, con tal de tener poder político o público. Y eso ha sido muy triste, pues la humanidad quedó ignorante de muchos aspectos secretos y sagrados en conexión con los principios religiosos.
P.: ¿Y de qué otra forma podemos adulterar?
R.: Estimado amigo, el adulterio hoy en día es más popular que las patatas y las cebollas. Observe simplemente cómo se adulteran hoy los granos que se venden como comestibles. Observe usted cómo se está implantando el uso de alimentos transgénicos, dizque con el propósito de que haya más alimentos para todos. Lo peor de todo esto es que esos alimentos van a adulterar también nuestras propias energías sexuales, nuestra simiente, pero eso no nos lo dicen, tal vez porque hay muchísimos intereses creados en torno a este tema. Casi todos los alimentos están hoy día adulterados. La leche esta mezclada con agua o con harinas en muchos países del mundo, las carnes de ganado vienen adulteradas al consumidor, pues a las vacas se les priva de alimentos naturales y se les da alimentos antinaturales. Recuerde usted el mal de las vacas locas que azotó recientemente a Europa y hasta llegó a producir muertes humanas. Esos animales habían consumido piensos animales en lugar de consumir piensos vegetales. Todo esto se llama ADULTERIO DE LA PEOR ESPECIE, y es castigado por la Gran Ley. Existe también adulterio cuando mutilamos de un libro algo que no queremos que otros vean. Por ejemplo, todo el mundo sabe que la Biblia cristiana ha sido adulterada muchas veces a través de los siglos. Igual cosa ha sucedido con otros Libros Sagrados como el Korán o el Bhagavad Gita. Muchos kalifas añadieron sus propios conceptos al Korán, para complacer sus caprichos y saltarse las normas originales dejadas por Mahoma, el Profeta. Igualmente muchos Papas cristianos han ido adulterando trozos de la Biblia para adaptar ese libro sagrado a sus conveniencias, y eso lo saben los investigadores de estos temas, es algo que ha sido muy evidente. Cada vez que nosotros los humanos adulteramos textos religiosos o filosóficos, caemos en el delito de ser adúlteros, y en este caso con las cosas divinas. En el fondo de estas adulteraciones siempre está presente el YO y sus intereses particulares. El YO siempre quiere más y más sensaciones y más y más caprichos, y esto lo lleva a adulterar las cosas originales buscando satisfacer caprichos o buscando nuevos placeres egoicos. Así es como actúa el Yo del adulterio. Pero el adulterio va mucho más lejos y llega hasta las cosas más triviales de nuestra vida cotidiana. Posiblemente usted conozca muchos abogados que han adulterado un texto original de una herencia o de un litigio cualquiera con el propósito de ganar el juicio que está entablado. Igualmente sabe usted que muchos periodistas adulteran las palabras que alguien pronunció con el propósito de crear un escándalo y, mediante ese escándalo, vender más y más periódicos. Obviamente detrás de todo esto está el Yo del adulterio y de la codicia, que muchas veces van juntos. Así que, amigo mío, el adulterio es muy común en nuestros días, y está ocasionando grandes daños a la humanidad.
P.: Bueno, ya que hemos llegado hasta aquí, ¿podría explicarme el último de los diez mandamientos?
R.: Con mucho gusto querido amigo. El décimo mandamiento nos advierte: “No codiciarás los bienes de tu prójimo”. Esto quiere decir que no debemos codiciar las cosas ajenas. La razón de este mandamiento está en el hecho de apartarnos de un Yo verdaderamente maléfico llamado “Codicia”. La Codicia es harta en desgracias, en guerras, en luchas familiares, en crímenes de toda especie en ingratitudes, en traiciones, etc., etc., etc. Es fácil darse cuenta de que, hoy en día, la Codicia es el resorte de la acción de muchas gentes. Las gentes no queremos vivir nuestra propia naturalidad y no queremos aceptar la voluntad del Padre jamás. Mire usted, por ejemplo, existen muchos matrimonios que se han constituido en base a la codicia y no en base al amor. Eso es muy triste. Hoy se dice que el amor huele a cuentas bancarias y es cierto. Las jovencitas o los jovencitos no se casan, en muchos casos, por verdadero amor, sino pensando en los bienes materiales que el otro o la otra le van a dar una vez unidos en matrimonio. Esto es un atentado contra el Espíritu Santo. Por otra parte, la codicia no se satisface jamás. Siempre funciona con el proceso psicológico del “más”. La codicia siempre quiere más y más dinero, más poder, más influencia política o religiosa, más bienes materiales, más mujeres para adulterar, más atribuciones administrativas, más fama, más gloria, más aplausos, etc., etc., etc. Incuestionablemente que la Codicia hace de nosotros personas monstruosas, pues seríamos capaces de traicionar un ideal cualquiera simplemente por codiciar los bienes que vemos en manos de los otros. En el fondo de todo esto se esconde algo execrable llamado asimismo “Amor Propio”. El Amor Propio está en la base del Orgullo y de la Vanidad. El Orgullo es interno y la Vanidad es externa. Cuando somos codiciosos no tenemos nunca paz interior, pues siempre estaremos codiciando el coche del año, la casa del vecino, la mujer del vecino, la fama de tal o cual amigo nuestro, la belleza física de los otros, la posición social de nuestros amigos o familiares, etc., etc., etc. Es un rosario de conflictos el que crea la Codicia, y lo peor de todo esto es que, hoy en día, esto sea tan común, y las gentes adormecidas ni siquiera piensan que son codiciosas. La mente humana funciona casi siempre con los resortes de la Codicia y la comparación. Casi nunca estamos agradecidos con lo que la vida nos ha traído, y estamos, en cambio, siempre buscando más y más dinero, cosas, bienes, etc., etc., etc. Esta es la triste historia que sostiene a esta llamada sociedad de consumo.
P.: No sabe usted cómo le agradezco todo esto que usted me ha explicado. Le juro que en verdad ahora comprendo mejor lo que significa ser un buen cristiano o, simplemente, ser un buen ciudadano…
R.: Me complace mucho, en verdad, verlo a usted abierto a la comprensión de estas maravillosas verdades eternas que son, ciertamente, la esencia de nuestras vidas. El resto, en realidad, no tiene importancia, pues hay que pensar que la vida es pasajera y lo que cuenta, a la hora de la muerte, son los valores que hemos extraído de nuestra pasantía por la escuela de la vida. Continúe usted buscándose a sí mismo y le garantizo que usted será una persona llena de felicidad ahora y en la hora de su muerte, y hasta más allá de su muerte.
