LA HORA DE LA VERDAD

 

Como era de esperarse, y como siempre ha sido, la Iglesia Católica ha arremetido duramente contra el Evangelio de Judas, recientemente entregado a la humanidad por la National Geographic Society. Ésta ha sido una constante del Vaticano desde que en el siglo III d.C. se realizó el Concilio de Nicea y, desde entonces, se consideraron como heréticas todas las comunidades cristiano-primitivas que en realidad habían sido cofundadoras del Cristianismo como doctrina. Indubitablemente, la mayoría de estas comunidades eran gnósticas y ya en su tiempo (año 180 d.C.) Ireneo, obispo de Lyón en la Galia romana escribió un tratado titulado “Contra las herejías”. El libro era un ataque feroz a todos aquellos cuyos puntos de vista sobre Jesús y su mensaje se apartaban de la ortodoxia de la Iglesia”.

La historia sabe muy bien que esos grupos, antes citados, atacados por el obispo de Lyón eran realmente gnósticos y, sabían muy bien que Jesús no había venido para fundar una Iglesia, sino, antes más bien, para entregar una doctrina que definitivamente esclareciera aquello que era realmente indispensable para alcanzar el Reino de los Cielos. Andrew Cockburn, en su reciente artículo titulado “El Evangelio de Judas” y publicado por la prestigiosa revista National Geographic en su edición de mayo del 2006, señala:

“Ireneo (obispo de Lyón) tenía un montón de herejías contra las cuales luchar. En los primeros siglos del Cristianismo, lo que para nosotros es la Iglesia, que funcionaba con una jerarquía de sacerdotes y obispos, era sólo uno de los numerosos grupos inspirados en Jesús. El experto en la Biblia, Marvin Meyer de la Universidad Chapman, que ha colaborado en la traducción del Evangelio [de Judas] resume aquella situación como el Cristianismo en busca de su estilo. Muchos de esos grupos eran gnósticos, seguidores de la misma línea del Cristianismo primitivo recogido en el “Evangelio de Judas”.

Resulta interesante que nuestro lector conozca algunos pormenores interesantes relacionados con los aportes que los gnósticos hicieron a la figura de Jesús y su credo:

 

“Los Nazarenos eran conocidos como Bautistas, Sabeanos y Cristianos de San Juan. Su creencia era que el Mesías no era el Hijo de Dios, sino sencillamente un profeta que quiso seguir a Juan”.

Orígenes, uno de los padres de la Iglesia Cristiana (Vol. II, pág. 150), observa que “existen algunos que dicen de Juan que él era el Ungido (Christus)”.

“Cuando las concepciones metafísicas de los gnósticos, que veían en Jesús al Logos y al Ungido, empezaron a ganar terreno, los primitivos cristianos se separaron de los Nazarenos, los cuales acusaban a Jesús de pervertir las doctrinas de Juan y de cambiar por otro el Bautismo en el Jordán”. (Codex Nazaraeus II, pág. 109).

 

Es un hecho incontrovertible que la Iglesia Católica se afirmó, durante el reinado del emperador Constantino, como Iglesia oficial del Imperio y, obviamente, se llenó de poder religioso y político. Desde entonces, dicha Iglesia se auto estableció como mediadora entre Dios y los hombres, a tal punto que todos sabemos el dogma que se estableció y, según el cual, nadie puede acercarse a Jesús o a Dios, si no acepta a la Santa Madre Iglesia con toda su burocracia y sus innumerables metidas de pata a través de la historia.

Es un hecho conocido teológicamente que: “los gnósticos creían en un principio supremo de bondad, entendida como una mente divina, más allá del universo físico. El ser humano posee una chispa de ese poder divino, pero está aislado de la divinidad por el mundo material que le rodea. Para los gnósticos, un mundo defectuoso, obra de un creador inferior y no del Dios supremo. Mientras que los cristianos como Ireneo sostenían que sólo Jesús, el Hijo de Dios, era a la vez humano y divino, los gnósticos creían [y seguimos creyendo] que la gente podía estar conectada con Dios. La salvación se alcanzaba despertando la esencia divina del espíritu humano y conectándola con Dios. Para eso se precisaba la guía de un Maestro, y tal era, según los gnósticos, la función de Cristo. Aquellos que interiorizaban su mensaje eran tan divinos como el propio Cristo”.

Precisamente ese fue y será siempre el error craso cometido por la Iglesia Católica institucionalizada, es decir, no querer mostrar la doctrina de Jesús tal y como él la entregó. Otro gallo nos hubiera cantado a todos los pobladores de este mundo, si en el Concilio de Nicea se hubieran aceptado los otros Evangelios, llamados hoy apócrifos. Entonces hubiéramos conocido mucho más acerca de la doctrina cristiana. Por ejemplo, hubiéramos sabido que Jesús amó a María Magdalena y que, por tanto, nunca fue un hombre con una sexualidad castrada. Hay una incalculable riqueza de datos teológicos en los Evangelios de Tomás, Felipe, Santiago el Mayor, etc., etc.

La historia siempre nos da lecciones y, hoy, para sorpresa de todos, reaparece ante el mundo la figura de Judas rectificada a través de su propio Evangelio. Muy a pesar de que durante siglos la Iglesia Católica nos quiso vender a un Judas traidor, mezquino, insolidario con su Maestro, etc., etc., la verdad ha hecho su aparición y, como dice el proverbio popular: ¡La verdad es como las tempestades, cuando llega causa estragos!.

Durante siglos la gnosis siempre afirmó que había sido Judas el discípulo más exaltado de Jesús, a causa de haber aceptado, dentro del drama que Jesús debía representar, el papel de traidor. De allí que en El Evangelio de Judas, Jesús el Cristo habla a Judas y, entre otras cosas, le dice: “Tú los superarás a todos, porque tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo”. “¡Te maldecirán por esto!”.

El problema ha sido y será siempre que la Iglesia apostólica romana nunca ha querido entender que el drama que representó Jesús fue planificado cuidadosamente por Jesús y sus doce apóstoles, justamente para que quedara constancia histórica de lo que cada persona debe vivir en su vida interior, particular, individual, es decir, reintegrar todas las partes divinas de su propio Ser con la ayuda del Cristo Íntimo. La Iglesia vaticana se quedó con la figura histórica del hombre llamado Jesús, pero nunca entendió ni quiere entender que lo importante es la traspolación de lo histórico a la vida íntima de cada cristiano.

Con justa razón, el padre del gnosticismo contemporáneo, Dr. Samael Aun Weor, expresó en una de sus cátedras en el año 1977, lo siguiente:

 

“Judas, ese Apóstol interior, que es una de las Doce Potencias que en nuestro interior cargamos, una de las doce partes del Ser, está vivamente interesado en la ANIQUILACIÓN BUDISTA, por eso es extraordinario...

No niego la existencia tampoco de aquel apóstol de hace 1977 años, que representara realmente a nuestro Judas Íntimo. Él es una realidad. Él existe. Él es uno de los Grandes, el más destacado Maestro, el más exaltado adepto que anduvo con Jesús de Nazareth, pero dentro de nosotros hay un Judas Interior, fuera de aquel Judas histórico, realmente hay alguien que personifica a Iscariote, que realmente está interesado en la destrucción del Ego, de cada uno de nos. Judas Iscariote nos enseña, con entera claridad meridiana, LA DOCTRINA DE LA DESINTEGRACIÓN DEL EGO.

JUDAS ISCARIOTE no es, como muchos piensan, un hombre que traicionó a su Maestro. No, él realizó un papel, enseñado por su Maestro, y nada más. El mismo Jesús de Nazareth se lo preparó y Judas lo aprendió de memoria y lo representó a conciencia, públicamente.

La doctrina de Judas indica cómo lograr la eliminación de todos los agregados psíquicos, la MUERTE DEL EGO. Por esa razón Judas se ahorcó, para indicar que el Ego debe reducirse a cenizas.

Judas representó un papel, y nada más; se preparó a conciencia. Para no contradecir en nada las Sagradas Escrituras, lo ensayó varias veces, antes de hacerlo públicamente, como un actor hace su papel y nada más.

Judas era y sigue siendo el discípulo más exaltado de Jesús el Cristo, logró la Cristificación...”

 

Es lamentable que entre los argumentos que se esgrimen contra El Evangelio de Judas (recientemente publicado) se diga que dicho Evangelio no tiene relevancia porque fue escrito hacia el siglo III o IV d.C. Queriéndose decir con esto que no tiene suficiente rigor histórico. Pero ese argumento es tan pobre como aquel otro utilizado por los ateos o escépticos y, según el cual, Jesús nunca existió porque nunca se han encontrado documentos escritos por él mismo que testifiquen su presencia histórica.

Finalizamos estas cuartillas invitando a nuestro amable lector a realizar una investigación profunda en torno a este apasionante tema para que se cumplan las palabras del gran Nazareno que a la letra rezan: “¡Buscad la verdad y ella os hará libres!”...

 

Óscar Uzcategui

Coordinador Internacional

 

 

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